1. Bidisha (madre de tres, sobre su primera lactancia)

Después de diecisiete horas de trabajo de parto que terminaron con una cesárea de emergencia, entré en la sala de recuperación preocupada por la lactancia y preguntándome si mi cuerpo sabría que mi hijo ya había nacido. Estaba exhausta tras ese largo día, así que me quedé dormida. Cuando llegué a la sala de recuperación, no podía ni moverme en la cama. La matrona tenía a mi bebé en sus brazos y lo colocó sobre mi pecho. Cuando iba a acercarlo al pezón, un poco molesta porque la matrona no me ayudaba más, ella me dijo: “Déjalo y mira lo que hace”.

Era un recién nacido con menos de una hora de vida. ¿Qué podría hacer? Según yo, no mucho.

¡Falso! Pasaron varios minutos y, en efecto, no hacía mucho; sólo intentaba mover su cuello. Yo le quería ayudar, pero la matrona insistía: “¡Deja que lo haga solo!” Yo, demasiado cansada para hacer cualquier cosa, y disfrutando de ese momento precioso con el bebé encima de mí, aspirando su olor a recién nacido, tocando su piel delicada y suave, simplemente esperé.

Y de repente, ¡ese bebé de tan sólo una hora de vida, empezó arrastrarse poco a poco, como si estuviera gateando, hacia mi pezón!

¡No lo podía creer! Después de varios intentos, de no sé cuántos minutos, ¡al final, lo logró!

Llegó a mi pezón y, moviendo su cara, su boca, empezó a olerlo, a saborearlo. Con un poquito de ayuda de la matrona, logró acoplarse; y así comenzó nuestra lactancia. Hasta el día de hoy, ya he pasado tres lactancias, tres niños, pero nunca olvidaré ese momento.

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2. Ignacio (padre de tres)

Habíamos escuchado sobre los beneficios de la lactancia materna durante el primer año de vida de un bebé, así que nos propusimos prolongarla por lo menos nueve meses. Me impresionó mucho que nuestra hija no se enfermó en todo ese período, pero una vez que suspendimos la lactancia, ¡comenzó a enfermarse!

 

3. Carolina (madre primeriza)

Me tocó pasar la etapa final de mi embarazo en tiempos de pandemia; ¡recuerdo que todo era incertidumbre e inseguridad! Yo preferí no pensar en esta situación y concentrarme en el nacimiento de mi bebé.

Mi hijo nació un 30 de abril por la mañana. ¡Qué alegría más grande! Lo recuerdo y me emociono, fue hermoso todo. A las dos horas de su nacimiento, por fin pude tenerlo en mis brazos y dejar que los efectos de la oxitocina se apoderaran de nosotros. Fue instantáneo; comenzó a mamar como pudo y a succionar el amor de su madre, y yo loca, mirándolo, absorbiendo cada momento, deseando que el tiempo se detuviera en ese instante y no avanzara jamás.

Pero la vida sigue su curso para sorprendernos cada día. Nuestra lactancia avanzó, pero no tan bien como yo esperaba. Después de un tiempo, aparecieron el dolor, las grietas y la congestión. Es uno de los dolores más grandes que he sentido; hice todo por disminuirlo. Mi gran ayuda fue mi asesora de lactancia. Fue mi salvadora; me contuvo y ayudó siempre. Estaré eternamente agradecida.

Al final, tuve que recurrir a la fórmula; lo hice con mucha culpa, inseguridad y cierto sentimiento de derrota, pero necesitaba un descanso del dolor. Fue una decisión que surgió del instinto maternal; sabía que debía hacerlo, y cuando me hice caso, fue como un respiro y todo comenzó a fluir. Poco a poco, el dolor empezó a desaparecer y yo pude disfrutar la lactancia.

En la actualidad, seguimos con la lactancia mixta. Mi bebé es feliz, nuestro vínculo afectivo crece más y más, y yo disfruto cada momento, tanto cuando le doy pecho como cuando le doy su biberón. Hoy la culpa casi no me acompaña. Sé que cada madre hace lo posible por alimentar a sus hijos y que, muchas veces, nuestras expectativas son sólo sueños que no pueden llevarse a cabo; pero, por suerte, la realidad es, en muchos casos, más maravillosa que esa fantasía.

 

4. Benjamín (padre de tres, sobre su segunda experiencia con la lactancia)

Para mí, la lactancia era algo que sólo tenía que ver con el bebé y su mamá; el padre podría apoyar en otras cosas, por ejemplo, ayudando al bebé a eructar o llevándole a la madre algo para beber. Al menos, así fue con la primera lactancia. Yo estaba feliz de participar con los biberones de leche materna y, tiempo después, preparando los biberones de fórmula; pero fue hasta que empezó a comer que realmente pude involucrarme con su alimentación.

Las cosas cambiaron con mi segundo hijo, pues descubrí que tengo un talento especial: de acuerdo con mi esposa, ¡soy el mejor saca-leches que hay! Ella tenía los pechos muy congestionados con leche y nada le ayudaba, ni siquiera el saca-leche automático que tenemos; ¡lloraba de dolor! Y cuando vi las pelotas de leche que se formaban en sus pechos, aprendí a darle masajes en los pechos mientras ella sacaba la leche. En poco tiempo, la situación mejoró, y cada vez que volvía la congestión, mi esposa me avisaba. Incluso llegó a despertarme durante la noche para que le hiciera masajes mientras el bebé succionaba. Es algo que nunca esperé hacer, ¡pero parece que es parte de la paternidad también!

 

5. Lenka (madre de tres)

He tenido tres lactancias. A mi juicio, las primeras dos no fueron exitosas por varias razones, entre ellas, poca información e intervenciones médicas. Con mi tercera lactancia, estaba decidida a que resultara bien, así que decidí escuchar a mi instinto, escucharme a mí misma antes que a alguien externo. Y en el momento en el que la lactancia comenzara a frustrarme, pediría ayuda.

Recurrir a mi asesora de lactancia fue fundamental. Aunque no eran tiempos de pandemia, mi asesoría se llevó a cabo por completo vía WhatsApp. Ni siquiera existían las videollamadas por WhatsApp, todo fue por medio de mensajes y fotografías, pero aun así me sirvió muchísimo. Fue una lactancia súper linda y exitosa, muy a nuestro ritmo, y el destete fue totalmente orgánico; poco a poco fueron disminuyendo las tomas, hasta que un día ya no estaba pidiendo. Fue muy bonito todo, y pienso que hubo algunas razones clave:

  • Escucharme a mí misma y tomar las mejores decisiones para mí y mi hijo.
  • Respetar mis sentimientos; para mí era incómodo dar pecho en cualquier lugar, así que buscaba sitios tranquilos y me cubría.
  • Asesorarme, pedir ayuda. Así, fue una lactancia informada, libre, sostenida y contenida.